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  • Evidentemente la institucionalidad junto a la paralela

    2019-04-15

    Evidentemente, la institucionalidad, junto calcitonin gene related peptide la paralela retórica de reconciliación, no fue nunca suficiente para hacer de la reinserción del combatiente campesino un proceso fluido en esa sociedad pacificada. Fue, al contrario, un proceso dispar y enredado, lleno de ausencias y silencios. Dentro de la retórica dominante de la democracia y la reconciliación, los alzados aparecieron de manera distorsionada y delincuencial. Esto se podría ejemplificar con el que fue probablemente el caso más dramático del movimiento de rearmados: el Frente Unido Andrés Castro. En marzo de 2002, los diarios de Nicaragua informaron la desarticulación del fuac. Los remanentes de ese grupo de rearmados, conformado principalmente por excombatientes del Ejército Sandinista, desarrollaban sus labores delictivas en la zona llamada Triángulo Minero, por alusión a los tres principales pueblos mineros de la región, Siuna, Bonanza y Rosita. Durante los años noventa, y hasta el año 2002, los excombatientes del fuac fluctuaron entre la integración a medias, la inserción social por medio de cooperativas campesinas, y la práctica del terror en la región. Evidente fue, asimismo, la decisión de las autoridades de imponer el orden, invocando, sobre todo, las características delictivas de los remanentes del fuac, para lo cual no se escatimó un esfuerzo militar sostenido. Durante la entrega de cinco rearmados, “Olocica” uno de los rendidos explicó las razones por las que decapitó el cadáver de uno de los jefes del fuac, José Luis Marenco: “Cumplí su deseo. El había pedido que cuando muriera le cortáramos la cabeza para que no lo conocieran sus enemigos”. Así, dice otro de los combatientes, “[…] cargamos con los cadáveres y decidí cumplir la promesa. Lo decapité y sepulté su cabeza en otro lugar”. También el cadáver del que fue llamado por uno de los periodistas el “ideólogo del fuac, Noel Lagos Zúñiga (o “Amaruk Falcón”), fue decapitado “al no querer ser reconocido por sus adversarios”. Por supuesto, esta negativa al reconocimiento es paradójica, pues constituye una especie de reiteración del anonimato, una resistencia a respiratory surface la inscripción biográfica criminal. La imposibilidad personal está relacionada con la imposibilidad política y nacional, y esto en contraste con la manera universalista con la que se escriben las autobiografías revolucionarias de los notables, o se teoriza la narración de vida como profilaxis. La representación se cierra sobre la negatividad, estableciendo un contraste con el discurso de autoeducación por medio de la narración de vida que practican la élite política y las clases medias. Si bien es problemático identificar en este movimiento de alzados una representatividad campesina, sí se puede considerar sintomático de la falta de sintonía entre la reconstitución imaginaria de subjetividad y nacionalidad por medios textuales autobiográficos y memorísticos elaborados por las élites, y la fragmentación subalterna realmente existente. Esta negatividad queda marcada en la memoria del intelectual de forma elíptica, al identificar al campesino con los estamentos tradicionales de la Iglesia católica que sobresalían en el proceso de transición. Al caracterizar en sus memorias a Miguel Obando, el exarzobispo de Managua, con quien el autor trabajó en la comisión de reconciliación instalada a partir de los Acuerdos de Esquipulas (1987), Sergio Ramírez dice: “Aprendí entonces a medir su carácter cauteloso, algo muy propio de la cultura campesina, siempre estricto en sus desconfianzas y atento a no dejarse utilizar”. El proverbial conservadurismo de Obando recibe aquí una codificación significativa, pues los campesinos que “no se dejaron utilizar” llevan a pensar en el ejército campesino contrarrevolucionario. De manera imprevista, Ramírez reconoce una representación política problemática. Obando aparece conectado de manera casi mítica (y elíptica) con los cautelosos y enigmáticos campesinos. Además, la visión de Ramírez indica una reafirmación del carácter “nacional” (y no simplemente regional) de las luchas campesinas, siendo el vínculo de lo nacional los elementos remanentes o permanentes de la cultura patriarcal (presencia de la Iglesia católica, “enigma” cultural enunciado por la literatura nacionalista).