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    2019-05-30


    VI. Realmente lo paradójico de la fiesta del Corpus y de su poder de convocatoria en tierras andinas no residirá en las aguas turbulentas de disensiones interétnicas que alteran una paz sólo de superficie, tampoco en el discurso que pretendía enseñarla GSK343 nativos legos, sino en esta profunda contradicción con que se aplicó. Festividad multitudinaria en plazas y calles que culminaba con misa en la catedral y la consagración de un pan y un vino cuya comunión no se administraba a los indígenas, el Corpus se contradecía en la restricción discriminatoria de aquello mismo que festejara. Salvo decisión interpuesta del vicario o autoridad competente, el I Concilio de Lima en 1551 prohibió la administración del sacramento a los indios, una prohibición levantada parcialmente durante el transcurso del segundo, hacia 1567, para no contradecir la legislación tridentina que obligaba a recibirlo al menos por Pascua o en peligro inminente de muerte. En la vida diaria, esta participación nativa en la comunión, en la que serían pioneros los jesuitas, produjo fuertes denuncias, encendidas oposiciones “de personas graves y religiosas”, y pecados de escándalo que, en su Ritual, Pérez Bocanegra recomienda evitar, concediéndosela al reciente cristiano, incluso si, a todas luces, pareciera mucho más oportuno negársela. Avendaño precisa que en algunos lugares comulgan los buenos indios y nos aclara que estos serían los indios ladinos, los yanaconas y miembros cofrades de alguna hermandad, “porque son buenos Christianos […]: Hazed todos lo mismo, y comulgareys”. El remedio de crear una cofradía y sufragarla como mérito para acceder a la Eucaristía aparece también aconsejado por Francisco de Ávila en su Tratado de los evangelios: cofradía, eso sí, bien provista con su libro, su caja, su mayordomo, sus velas y aceite y las misas cantadas que, debidamente asistidas por todo el pueblo, aseguren la salvación costeada de sus asistentes. Pero, desde luego, la nómina de estos comulgantes indígenas permite pensar que el sacramento se administraba de acuerdo con consideraciones de rango político: eran los adscritos al nuevo orden, colaboradores con él (incas castellanizados con dinero para sanear las arcas de la iglesia, integrados al servicio del ejército o esclavizados en las encomiendas), aquellos a palisade quienes Avendaño les reconoce tal derecho. Y probablemente los propios afectados lo entendían así, cuando montaban comuniones paralelas en tanto medida de rebeldía, o bien secundaban las restricciones en proclividad con el régimen. Guamán Poma por ejemplo reclama la excomunión como castigo contra las borracheras indígenas y el consumo de coca. Y también, cada vez con más contumacia de lo que desearían los sacerdotes, el indio a medias convertido comulga sustancias alternativas en una especie soterrada de contrafacta de la misa legal, cuya abundancia permite sospechar el deseo y la ansiedad de mímesis, despertados en torno a la vedada eucaristía. Un jesuita, Francisco Patiño, es testigo de que a las puertas de la ciudad los hechiceros remedan con tortas de maíz una ceremonia simétrica a sus huacas. Y en una misión cercana a Potosí, —describe Juan Estenssoro Fuchs— el “mismo Patiño había constatado, dos años antes (1637), un culto al apóstol Santiago vinculado al consumo de un cactus alucinógeno”.
    VII. El contraste es aún más brutal si comparamos la belicosidad expositiva de este predicador en Charcas con la convicción novohispana, de la importancia que la Eucaristía tendría en una mejor integración del salvaje a la nueva vida ordenada del Imperio católico. Así, el franciscano en México fray Juan Bautista de Viseo afirma no necesitar el comulgante una firme y probada devoción para acercarse al altar, ya que aquel supremo regalo, obtenido comulgando, se encargará por sí mismo de estimularla. Por lo cual, la lógica inmadurez religiosa del autóctono “no es razón de privarles de tanto bien”, al contrario, supone un argumento más para permitir actuar a la bondad de esta excelsa cena crística.