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    2019-04-20

    En diversos lugares de México, como en Guerrero, el Valle del Mezquital, la región de Actopan, etc., según confirman las publicaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia de la ciudad de México, la creencia de que los huesos de los antepasados se convierten en piedras con propiedades especiales está bien documentada. Galinier (1987), Catherine Good (2001a y 2001b), Johanna Broda (2004 y 2008), Sánchez Vázquez (2004), lo han constatado de diferentes maneras, incluidos los testimonios orales. Por ejemplo, Good afirma que los huesos y las piedras están relacionados: Galinier, por su parte, analiza etimológicamente la palabra del paisaje ritual en Mesoamérica y escribe: “Etimológicamente, el hueso (to\'yo) significa ‘piedra de esqueleto’. El primer término está asociado Asiatic acid la divinidad suprema, el dueño del universo, y el segundo al mundo de los muertos” (1987: 496). De todas estas investigaciones antropológicas en torno a la mitología, ritos y creencias de los pueblos prehispánicos de las diferentes zonas de México, se desprende que los huesos devenidos piedras poseen varias funciones: curan, libran de las malas influencias o de los malos aires, sirven de intermediarios entre los dioses y los hombres y, además, depuran los pecados cometidos por la persona a la que pertenecía ese esqueleto. La limpieza del hueso representa la purgación de las posibles malas acciones realizadas por la persona cuando estaba vivo y tenía carne (Broda y Good 2004: 130). Este mito prehispánico alimenta la lectura literal que Nicolás Pureco hace de las palabras finales de Pedro Páramo, como si el modelo de mundo presentado por Rulfo hubiera provocado el acto auto-reflexivo en virtud del cual un lector o lectora puede llegar a prescindir de una concepción oblicua del lenguaje. Curiosamente, la doctora Isabel Campuzano, reputada bioquímica de la Universidad de Michigan, aparece como un personaje que desde la institución universitaria corrobora y comparte el interés por los huesos-piedra de Pedro Páramo. Esta profesora, movida por intereses “científicos”, apoya y anima a Interphase Nicolás para que prosiga su búsqueda: “Era emprendedora y miraba de frente. Le propuso que le llevara el material allí, utilizarían los laboratorios de la universidad y a su equipo: tendrían resultados expeditos” (Mendoza 2005: 35). En uno de los tantos reproches de su mujer que trata por todos los medios de que desista en su búsqueda, responde: “tengo el apoyo de la doctora Campuzano para el análisis de las piezas” (63). Nicolás se aprovecha del vínculo que el personaje de la científica establece entre la tecnología y la mitología, porque aunque la doctora persigue una importante fama derivada de sus investigaciones, él va guiado por otro motivo que ahora trataremos de analizar.
    Nicolás va consiguiendo las piedras poco a poco y con dificultad, después de múltiples entrevistas, caminatas por paisajes desolados, y viajes por los lugares de las tierras de Juan Rulfo. “Eligió la habitación de los huéspedes para formar el cuerpo de Pedro Páramo. Las piedras fueron llegando una a una, chicas y grandes, pardas y rojizas, secas y resecas. Con una brocha muy fina las limpiaba y les buscaba acomodo con las otras” (43). ¿Por qué piensa que “la idea de encontrar las piedras del cuerpo de Pedro Páramo [era] lo mejor que había pensado en su vida”? (49). ¿De dónde surge el impulso que le mueve bajando y subiendo cerros? Así, por ejemplo, en Nombre de perro, tras una escena de venganza en la que unos personajes llamados el Diablo y el Chóper torturan al Gori lanzándole “un balde de agua fría” y conectándole “un electrodo de una pierna”, nos encontramos a Ugarte, su mujer María y su hija Francelia conduciendo hacia Mazatlán. Los detienen unos miembros de la policía federal, que una vez les interrogan sobre su destino, les espetan el siguiente discurso: